Entre luces y destellos que empañan mi vista, busco aquel rumbo perdido que aún no logro encontrar.
Las bandadas ya partían al norte, y los que tenían hogar se escondían hasta la primavera. Soy la única a la deriva y no me banco la espera. Porque mi sed de conocer, de explorar, de crecer, parecería insaciable, incontrolable, pero tan real como un caramelo masticable, dulce y fugaz.
Mi corazón se aceleraba, y dejé de dormir en las noches. El tiempo se volvió impreciso. Los segundos se volvieron viento, los minutos, borrosos, perseguían las horas sin tener piedad. Las perseguían en círculos, viciosos, como el sol y la luna, que apenas se conocen y no saben cuánto se necesitan el uno al otro.
Nos volvimos polvo, como si fuéramos las cenizas de un viejo fuego que, con el pasar de la noche, se hizo olvidar. Pintó el cielo un cuadro infinito, y yo sentí que todos mirábamos ese atardecer. Nos dejamos llevar, nos dejamos perder en el océano de colores que el mágico cielo nos ofrecía. Nos hundimos en una profunda sensación de plenitud, una plena sensación de profundidad de lo invisible, indescriptible, lo más oscuro y lo más transparente. Lo más sereno y lo más tangente. Y en aquel momento, una explosión de emociones palpitó en mí.
¿Y que queda después de esto? Me transformé completamente. Parte de mí fue agua y otra parte fue canción. Y así fue como al fin de todo, me volví parte de todo, y todo se volvió parte de mí.
Por Eugenia Brambilla y Paloma Blasco